sábado, 31 de marzo de 2012

Espacio vacío ...

Era una luna perdida, esa luna cuyo planeta había resultado destruído, y que, sin embargo, había ignorado las leyes de la gravedad para seguir orbitando alrededor del espacio vacío que había quedado tras el desastre. Había roto mis propias reglas. Me había acercado a los recuerdos, había ido a su encuentro, en vez de rehuirlos. Me sentía demasiado viva, y eso me asustaba. Pero la emoción más fuerte que estos momentos recorría mi cuerpo era el alivio, un alivio que surgía de lo más profundo de mi ser. A pesar de lo mucho que pugnaba por no pensar en él, sin embargo, tampoco intentaba olvidarle. De noche, a última hora, cuando el agotamiento por la falta de sueño derribaba mis defensas, me preocupaba el hecho de que todo pareciera estar desvaneciéndose, que mi mente fuera al final un colador incapaz de recordar el tono exacto del color de sus ojos, la sensación de su piel o la textura de su voz. No podía pensar en todo esto, pero debía recordarlo. Porque el tiempo pasa, incluso aunque parezca imposible, incluso a pesar de que cada movimiento de las manecillas del reloj duelan como el latido de la sangre al palpitar detrás de un cardenal. El tiempo transcurre de forma desigual, con saltos extraños y treguas insoportables, pero pasa, pasa... aunque no quiera reconocerlo... incluso para mí. Y quizás algún día, dentro de un tiempo, si el dolor disminuye hasta el punto de ser soportable, me sentiré capaz de volver la vista atrás sin miedo, hacia esos meses que siempre consideraré los mejores de mi vida. Y ese día, estoy segura de que me sentiré agradecida por todo aquel tiempo que me había dado, más de lo que yo había pedido y más de lo que merecía. Porque acostumbraba a pensar en ti de ese modo, ya sabes, como el sol, mi propio sol. Y tu luz compensaba sobradamente mis sombras. A fin de cuentas, cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión.


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